Hace veinticinco años, Fernando Lajusticia levantaba la persiana de un pequeño taller en el barrio de Las Fuentes, en Zaragoza. Era un espacio modesto, sí, pero lleno de ilusión. Entre virutas, bancos de trabajo y el olor inconfundible de la madera recién trabajada, cada mueble empezaba a tomar forma con una idea muy clara desde el primer día: hacer las cosas bien, sin atajos.
Allí empezó todo.
Los primeros encargos fueron viviendas del propio barrio, pequeños proyectos que crecían y cobraban vida en nuestro taller. La ebanistería era —y sigue siendo— una cuestión de detalle, de proporción y de profundo respeto por el material. Con el tiempo entendimos que un mueble a medida no es solo una solución funcional: es una pieza que acompaña la vida de quien la habita, que forma parte de su día a día y de sus recuerdos.
En 2013 dimos un paso decisivo con el traslado a unas nuevas instalaciones. Más espacio, más medios, más capacidad para afrontar proyectos complejos. Pero el cambio no fue únicamente físico. Supuso profesionalizar procesos, integrar diseño técnico, coordinarnos con otros oficios y asumir una responsabilidad aún mayor en cada intervención.
«Un nuevo espacio, la misma esencia.»
Nada de esto ocurrió de un día para otro. Ha sido el fruto de años de constancia, de aprendizaje continuo y de una autoexigencia que nos acompaña desde el primer día.
Con el paso del tiempo llegó también el relevo generacional. Una nueva etapa que mantuvo intactos los valores originales, incorporando una mirada más técnica y una forma actualizada de entender la ebanistería y la gestión del taller. Fue un periodo de esfuerzo, de decisiones importantes y de mucho trabajo silencioso, de ese que no siempre se ve, pero que sostiene todo lo demás.
Hoy colaboramos de forma habitual con algunos de los principales estudios de arquitectura e interiorismo referentes en Zaragoza, dando forma a proyectos donde la ebanistería deja de ser un complemento para convertirse en parte esencial de la arquitectura.
Seguimos siendo un taller.
Un lugar donde la madera se trabaja con las manos y con la cabeza.
Pero también somos un equipo que diseña, planifica y ejecuta con la precisión que requieren los proyectos a los que nos enfrentamos.
Mirar atrás es recordar el origen, la primera generación y el aprendizaje constante.
Mirar adelante es renovar el compromiso de seguir evolucionando sin perder nuestra esencia.
Veinticinco años después, la filosofía sigue siendo la misma:
trabajo bien hecho, respeto por el material y una manera honesta de entender el oficio.
Gracias a quienes habéis formado parte de este recorrido.
Seguimos adelante.